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Tasas de interés: cuando el acreedor aparece como víctima

El debate por las tasas de interés vuelve al Congreso y pone en discusión quién necesita protección: el acreedor que presta o el deudor que paga.

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Tasas de interés: cuando el acreedor aparece como la víctima del debate por el crédito

El debate por los proyectos que buscan limitar las tasas de interés vuelve a poner sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿quién necesita realmente protección, quien presta dinero o quien tiene que devolverlo con intereses?

Hay algo curioso en la discusión argentina sobre el crédito: cuando se habla de limitar las tasas de interés, el primer riesgo que aparece no es el del consumidor endeudado, sino el del acreedor.

El diputado Martín Yeza salió a cuestionar los proyectos que buscan establecer límites para préstamos bancarios y de billeteras virtuales con un argumento conocido: si prestar dinero deja de ser rentable, habrá menos crédito.

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Puede ser una parte del problema. Pero presentarla como si fuera toda la película tiene una pequeña dificultad: del otro lado del préstamo hay una persona que paga.

Tasas de interés y crédito: el deudor que desaparece de la discusión

Nadie discute que un banco o una billetera virtual necesita cubrir costos, asumir riesgos y obtener rentabilidad. El crédito no funciona con voluntarismo y las entidades financieras no son organizaciones de beneficencia.

Pero tampoco lo son quienes toman préstamos.

Cuando una familia pide dinero para pagar una emergencia, cuando un trabajador necesita financiar un consumo básico o cuando una pequeña empresa busca capital para sostenerse, la tasa de interés no es una abstracción financiera. Es dinero concreto que sale del bolsillo.

Por eso resulta llamativo que buena parte del debate se construya alrededor de qué ocurriría con el acreedor si la tasa baja demasiado, mientras queda bastante menos espacio para discutir qué ocurre con quien acepta una tasa elevada porque no tiene otra alternativa.

El argumento de que habrá menos crédito

Yeza sostiene que los topes a las tasas pueden terminar reduciendo la oferta de préstamos y empujando a los consumidores hacia mercados informales.

Es una advertencia que merece ser discutida. Pero convertirla automáticamente en una verdad también sería demasiado cómodo.

Porque existe otra pregunta: ¿cuánto crédito realmente necesita una persona que solamente puede acceder a él a un costo que después no puede pagar?

Un préstamo que se consigue apretando un botón puede parecer una solución moderna. El problema llega cuando la misma facilidad con la que se obtiene el dinero se transforma en una dificultad para devolverlo.

Ahí el crédito deja de ser una herramienta de inclusión financiera y empieza a parecerse peligrosamente a una trampa.

Más crédito no significa cualquier crédito

La Argentina necesita ampliar el acceso al financiamiento. En eso el diagnóstico general puede ser compartido.

Pero “más crédito” no debería significar necesariamente más endeudamiento a cualquier precio.

Hay medidas que pueden mejorar el mercado sin recurrir exclusivamente a topes: mayor transparencia sobre el costo financiero total, publicidad clara, evaluación responsable de la capacidad de pago y controles sobre prácticas abusivas.

Eso también es regulación.

El problema aparece cuando se presenta toda regulación como una amenaza contra el crédito y, por extensión, contra quienes prestan dinero.

La discusión debería ser bastante más adulta.

Porque si un sistema solamente funciona cuando quien necesita dinero acepta condiciones cada vez más caras, quizá el problema no sea que alguien pretende regularlo. Quizá el problema sea el funcionamiento del sistema.

Cuando el acreedor termina siendo la víctima

El planteo de que una regulación puede reducir la oferta de crédito tiene sentido como hipótesis económica. Lo que resulta discutible es convertir al acreedor en el protagonista moral de la discusión.

El acreedor tiene capital, condiciones contractuales y capacidad para decidir si presta.

El deudor, muchas veces, tiene una necesidad.

No son posiciones idénticas.

Por eso, antes de presentar cualquier límite como una amenaza contra el sistema financiero, convendría explicar qué protección tiene el ciudadano que termina pagando una tasa que puede multiplicar varias veces el dinero que pidió.

El crédito es necesario. La rentabilidad también.

Pero si cada vez que se intenta discutir el precio del dinero la primera víctima que aparece es quien lo presta, hay algo extraño en el relato.

Quizás llegó el momento de volver a mirar el otro lado del contrato.

Ensobrados, desde la economía cotidiana, donde pedir plata puede ser fácil, pero devolverla es cuando empieza la verdadera discusión.

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